En la Cañada de Viclos, hace una semana que no llueve. El agua se empeñó en quedarse por ahí; no conforme con haber destrozado un sembradío de sandías, zapallos y maíz, y ocasionado una enfermedad en la piel de unos pequeños niños.
Las tapias de alambre que bordean cada vivienda terminan en portones improvisados, hechos de bolsas de arpillera llenas de arena, que en lugar de frenar el paso del agua convierten los patios jardineros en lagunas, con aguas enlodadas. Así viven Eva Juárez de Nuñez, su marido y sus dos pequeños hijos. En la entrada de su casa no hay rosas, ni margaritas, ni vestigios de color; sólo un sinfín de ladrillos y una fina canaleta casera que surcan el patio con piso de barro. "Nada crece en este patio, el agua pudre todo y si no ponemos ese camino nos hundimos", renegó mientras intentaba un fugaz paneo.
Hace cinco años la lluvia de verano les juega malas pasadas."No es la lluvia la que nos inunda, es el agua que baja de los grandes campos", denunció. "Esos productores hicieron unas canaletas en la banquina de nuestra calle y cuando desborda el agua cubre todo", contó sin poner nombre y apellido a esas hectáreas. Cuando esto ocurre ni el baño pueden usar. El agua atentó contra el pequeño vergel de la familia, sustento para gran parte del año. Pero la mayor preocupación está en los hijos. "A mis hijos les salieron unos granos que se les infectaron y fue por culpa del agua", dijo al hacer referencia a la consulta que hizo en el hospital de Estación Araoz. En la casa de los Núñez, la esperanza está signada por la incertidumbre.